Un cruce de caminos hacia el horizonte.
Raúl
Nací y crecí en un pequeño pueblo que no viene al caso. Un lugar tranquilo. Apacible en primavera y otoño, hostil en verano e invierno.
Muchas cosas buenas y no tan buenas aprendí allí. ¿La mejor? No hay sitio para peces grandes en peceras pequeñas. Y yo quería ser un pez grande.
Así fue como sin saber afeitarme aún, termine en la gran ciudad.
En aquel momento, sin estudios, con toda la vida por delante y con mi amor por los grandes retos en plena ebullición, me pareció que el ejército me ofrecía la oportunidad perfecta.
No me equivoqué.
30 años sirviendo, desde lo más bajo, al rango más alto que alguien de mi edad y condición puede llegar.
En este punto, son solo unos pocos quienes me superan en rango.
En dedicación y servicio, ninguna.
No obstante, 30 años después la pecera volvió a ser pequeña.
¿Qué podía hacer ahora?
Un golpe del destino en forma de enfermedad, unos ahorros importantes y un deseo ardiente por cuidar de mi familia y tener la estabilidad que nos permitiera disfrutar del futuro sin tener que pensar en el aspecto económico, me invitaron a aprender a invertir.
Como en todo lo que uno aprende y emprende solo, de cero, el camino del ensayo y error fue duro y salió caro. A veces demasiado.
Pero ya sabes…,
me gustan los retos.
Y así mi camino se cruzó con el de Marcos.
Y gracias a lo que aprendí de él y las decisiones que tomamos, hoy puedo decir que el dinero ha dejado de ser una preocupación.
Marcos
Empecé en el negocio inmobiliario cuando los chicos de mi edad aún tenían que mentir a sus madres con que se quedaban a dormir en casa de un amigo para pasar la noche de juerga.
Durante más de 20 años lo hice solo, sin criterios técnicos, sin tecnología y sin ayuda de profesionales. Casi como un antiguo tratante de ganado.
Y me fue bien. Muy bien.
Compraba y vendía fincas por los pueblos de Asturias.
Así amasé una pequeña fortuna.
Y lo hice gracias a tres cosas que llevo de serie: mi olfato, mi palabra y la creencia de que no hay inversión más rentable que ayudar a otros a mejorar su vida.
No obstante, eso no me libró de perderlo todo.
La vida, como gran maestra que es, me enseñó que todos los huevos no se meten en la misma cesta.
Sé que no es nada nuevo.
Sé que no te descubro nada.
Sé que ya lo “sabías”.
Yo también.
Sin embargo era de los que pensaba que siendo una cesta tan grande no todos los huevos se iban a romper.
Me equivoqué.
Estuve tan cerca de tener que declararme insolvente, que aún hoy cuando lo pienso, me dan ganas de hacerme el muerto.
Gracias a las tres cosas que llevo de serie y a rodearme de las personas adecuadas, en menos de dos años no solo recuperé lo perdido, sino que lo multipliqué. Eso eso sí, esta vez en cestas diferentes.
Pues bien, metiendo huevos en una de esas cestas mi camino se cruzó con el de Raúl.
Al que, como él mismo ha dicho, pude ayudar a solucionar su vida en el aspecto económico.
Club 12
Y de este cruce de caminos surgió una bonita amistad.
Y de esta amistad cuajó el deseo de ayudar a personas como nosotros a experimentar la tranquilidad que da ver crecer tu dinero mientras ayudas a otros a cambiar sus vidas.
Así que nos asociamos.
Y juntos iniciamos el camino.
Y en el camino cuajó otra idea.
La idea de compartir esto con un pequeño grupo de personas que inviertan con nosotros.
Personas que compartan nuestros valores y nuestra misión de vida.
Porque el horizonte está lejos.
Y en nuestro horizonte hay un futuro sin preocupaciones económicas para ti y para otros.
Pero ya se sabe. Para ir lejos, mejor ir acompañado.
El resto es historia.
El resto es Club 12.
Raúl y Marcos
Fundadores de Club 12
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